30 años del Sidecar

La sala de la plaza Reial, decana del mejor rock en vivo, está de celebración

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Por Ricard Martín

Maria Dias


De los años 40 a los 60, la Sexta Flota de los Estados Unidos atracaba en el puerto de Barcelona y soltaba una carga de unos cuantos miles de marines con ganas de juerga. Para atraerlos hacia sus barras de bar, además de llenarlas de señoritas que fuman y que los trataban de you, se abrieron muchos bares con nombre de estado norteamericano: el Arkansas, el Kentucky, el California ... y el Texas. En este último, situado en una esquina de la plaza Reial, el propietario alquilaba el local entero a un regimiento de marines, se desentendía y volvía 24 horas después. Para, nos imaginamos, encontrarse un espectáculo viscoso, con más cuerpos desnudos, inconscientes y horizontales que al revés.

Detalles morbosos aparte, el ahora dueño del antiguo Texas se felicita: Roberto Tierz celebra los 30 años de vida del Sidecar, punto cardinal de la plaza Reial, sala ineludible a la hora de hablar de música moderna en Barcelona. La fiesta oficial debería haber sido el 13 de noviembre -día de la apertura hace tres décadas-, pero debido a una afonía del cantante de Arizona Baby, la banda invitada, el bullicio se trasladó al 13 de diciembre.

Siempre el trece. Tierz no tiene miedo de la mala suerte. Y como dice, son "la sala de conciertos con la programación ininterrumpida más longeva de Barcelona". Por el camino, clásicos como el Karma, el Magic o Zeleste han caído o han abandonado la música en directo. ¿Cuál es el secreto de esta longevidad? "Un milagro", ríe. "O puede que sea porque esto empezó, no como un proyecto de vida, sino para hacer lo que nos apetecía". En una noche de esas de búsqueda infructuosa de un local amigo, bien cargados de copas, Tierz y su camarilla decidieron "abrir un local que entonces no existía", donde se pudiera escuchar "la música que nos gustaba a todos".

El CBGB de Barcelona
Alejados de las tendencias jazzeras y layetanas que predominaban en dichas salas, Tierz -que antes había sido miembro de Los Rebeldes- comenzó a programar bandas de la Movida, la primera hornada de punk barcelonés y español, también new wave. El resultado fue, "después de un mes y medio de sótano abierto,” un sold out cada noche. De alguna forma, "había mucha gente que esperaba este bar", rememora Tierz.

Pronto la sala se lanzó a programar vanguardia de cine, teatro, presentaciones de cómic, recitales poéticos, videoarte, fotografía, pintura ... Todas las vertientes de la cultura, "siempre fuera de los circuitos establecidos. Si venía alguien con una idea que nos gustara, tenía la puerta abierta", resume Tierz.

Con los años, la sala se ha especializado como club nocturno y sala de conciertos. Primero, porque "en los 80 todo estaba por hacer" y la difusión de la contracultura era una tarea casi humanitaria. Segundo, porque según Tierz, "para hacer 150 bolos al cabo del año se necesita una estructura laboral y técnica importante, dedicar todos los esfuerzos en una dirección".

El Sidecar ha dado la alternativa a bandas que han llegado al estrellato (Love of Lesbian, Pastora) y al mismo tiempo funciona como espacio de intimidad de artistas consagrados: New York Dolls fueron los encargados de celebrar el 25 aniversario, y Tierz recuerda que los padrinos del punk no paraban de decirle que "eso era como sus buenos tiempos del CBGB". Las comparaciones con el antro punk del Bowery se detienen cuando decimos que el Sidecar sigue ofreciendo una programación muy relevante, además de un excelente sonido.

Cabe decir que, a pesar de estar al tanto de las nuevas tendencias, el otro secreto de su longevidad es una línea coherente, que siempre ha seguido el rock más afilado y arriesgado. Cedemos la última palabra a Tierz: "No nos hemos cerrado nunca a nada. Pero la expresión 'tendencias' me provoca ictericia. Las tendencias están para conocerlas y valorarlas. ¿Pero seguirlas a golpe de silbato? Esto lo puede hacer cualquiera. Al final, nos movemos por gustos personales, sin marketing detrás”. Son amateurs en el mejor sentido: el de amar lo que hacen.

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