Jesús Carrasco se lanza a la 'Intemperie'

La primera novela de Jesús Carrasco es una magnífica fábula sobre un niño que escapa de casa con un trozo de queso y un pedazo de pan

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Si nunca te encuentras tomando un café con un bigotudo al estilo William Faulkner como Jesús Carrasco, tienes dos opciones: o le preguntas qué cuidados da al generoso matorral que lleva bajo la nariz o le hablas de literatura norteamericana. Y aunque la primera opción me tienta, me hago el decoroso, evito las conversaciones sobre jardinería y opto por pedirle qué opinión le merece Cormac McCarthy. "Espero que la muerte me pille leyendo La carretera", es su respuesta, contundente y cortante, acompañada de una pequeña confesión: "Ningún otro libro ha conseguido hacerme llorar".

Nació en Badajoz, pero cuando tenía cuatro años su familia se trasladó a un pueblecito de la provincia de Toledo donde los raíles del tren estaban colocados encima de las zarzas, y la única distracción eran los westerns que TVE emitía durante la sobremesa del sábado. "Todos mis veranos estaban marcados por los cortes de agua corriente-me cuenta-. Parecerá que te hable de la Guerra Civil, pero en muchas zonas de la península esto seguía siendo habitual en los años 80 ". Lleva la vida rural en las venas.

Jesús Carrasco todavía no tiene un nombre conocido. Su primera novela, Intemperie, acaba de llegar a las librerías. Es la gran apuesta de Seix Barral para esta temporada, una magnífica fábula sobre un niño que se escapa de casa con un trozo de queso y un corteza de pan en el zurrón y decide vivir en libertad. "Es que aparte de la carretera también he leído muchas veces Meridiano de sangre", dice riendo. Y añade: "De acuerdo que yo ya no tuve que cazar para sobrevivir, pero cuando abría la veda iba con los hombres del pueblo y les ayudaba a acechar presas o batía arbustos para sacar las perdices".

A McCarthy, la inspiración le vino de un viaje que hizo a Texas en 2003 con su hijo. O eso es lo que explicó en una visita al talk show de Oprah Winfrey. A Carrasco le debe de haber pasado lo mismo con las áridas llanuras de Castilla. Son ambos igual que Faulkner, aquel Premio Nobel que se mantuvo al margen de todos los círculos literarios-no tanto de las barras de bar-, porque lo que quería era restaurar Rowan Oak, la casa solariega donde cien años antes su bisabuelo se había hecho el gran hombre en el lomo de un pura sangre. "Quiero recuperar ciertas formas de vida ancestral", contesta el bigotudo, que yo no sé si es un rousseauniano de primera o un nostálgico de las asperezas primitivas que pasaban aquellos cowboys de serie B cada sábado por la tarde en televisión. Sea como sea, le deseo suerte.


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